Una reflexión sobre el derecho y la justicia a raíz del 2×1

La sentencia de la CSJN recaída sobre Luis Muiña tornando aplicable el derogado beneficio del 2×1 (ley 24.390) a un condenado por delitos de lesa humanidad ha servido de disparador de múltiples debates. Como todo fenómeno social, el derecho es polifacético, reviste muchas aristas y puede ser observado y criticado desde varios ángulos y abordado a la luz de disciplinas complementarias.

Aun reconociendo la posibilidad de admitir interpretaciones distintas para un mismo hecho jurídico, resulta intelectualmente atractivo ubicarlo en un contexto que sirva de apoyatura para intentar explicar cierta tendencia de la justicia de fallar en un determinado sentido.

Nadie ignora el carácter esencialmente mutable de las leyes, incluso las de la cúspide normativa, como la Constitución Nacional y los Tratados Internacionales con la misma jerarquía. Una ley puede consagrar un delito como de lesa humanidad, suplantando a la que ayer no lo hacía. Otra ley podía acordar el beneficio del 2×1, y hoy no hacerlo. Después de todo, la ley es el producto de una voluntad colectiva plasmada a través de un ritual institucional. La aplicación de esa ley, así como cuando se la crea, también está sometida a formalidades. Hasta aquí la ley positiva.

 

Ahora bien, la Justicia se postula como un ideal abstracto, inmanente, inmutable, atemporal, verdadero, justo, etc. Todo lo contrario a lo contingente e histórico propio de una ley o una sentencia, esto es, la ejecución de un ritual que formaliza una voluntad de poder o una decisión imbuida generalmente de carácter coactivo en un momento y para un lugar determinados. Desde la escuela iusnaturalista, superada pero devenida hoy en fuente material de la sabiduría e inspiración de legisladores y jueces, la Justicia es invocada a menudo como fuerza argumentativa en escenarios donde la aplicación literal de la ley positiva da como resultado un resultado incómodo para alguien (como si la ley pudiera ser siempre cómoda para todos). La definición ulpiana de Justicia (dar a cada uno lo suyo) cercana al concepto de equidad, asume que a todos les toca algo. Doctrina aparte, el preámbulo de la Constitución Nacional se propone, entre otras cosas, afianzar la justicia, invocando a Dios como fuente de toda razón y justicia.

Como la vocación de justicia es prácticamente inescrutable, en la mayoría de los casos no queda más remedio que hallar directrices más mundanas a fin de entender cómo se llega la justicia, se la interpela, y esta “habla”, casi por obra divina. En una visión más terrenal y desencantada, en los operadores no intervienen ya el Bien, la Razón o Dios, sino presiones, influencias, intereses, incentivos, castigos. El templo sagrado  donde reposa prístino el origen de la justicia (históricamente dudoso, ya que ni el panteón grecorromano se declaraba impoluto) se transforma así en el campo de batalla, sucio y embarrado, de las distintas escuelas de la sociología jurídica, la filosofía crítica y el análisis económico del derecho. Todo esto nos conduce a la siguiente pregunta: si no es la noble vocación superior de servicio la que guía el quehacer político y judicial, entonces qué interviene a la hora de conformar una circunstancial mayoría legislativa, y a la hora de inclinar la balanza hacia un lado u otro en una sentencia?

 

No podría abreviar en una respuesta todo el desarrollo de las últimas décadas de la Ciencia política, la sociología o la ciencia de la comunicación. Sólo puedo apuntar que, cuando aprecio un fenómeno en su contexto y dentro del conjunto social, ya no me sorprende demasiado la oportuna y repentina enunciación de postulados intrínsecamente reñidos con la pregonada justicia o verdad. ¿Cómo puede ser que un tribunal considerara algo justo hasta ayer, y hoy lo considere injusto, si la Justicia es una? Dejando de lado el cambio de circunstancias del caso y el nada despreciable cambio en la conformación de los jueces, si una misma situación puede ser justa y al poco tiempo dejar de serlo según el criterio de un mismo juzgador, entonces la justicia como ideal no es un factor decisivo.

Más bien, hay otros elementos a tomar en cuenta.

Regresemos al rico fallo del 2×1 para ilustrar un ejemplo, pues en él intervinieron dos componentes claves para volcar ese pronunciamiento de “justicia”: por un lado, la renuncia y muerte sucesiva de varios miembros de la CSJN, generando las vacantes finalmente llenadas con Rosatti y Rosenkratz, a propuesta del nuevo color político de turno. Ambos jueces plasmaron en este fallo una llamativa mayoría junto a Elena Highton de Nolasco, primera mujer en ser nombrada ministro de la Corte, quien aquí reversionó el nuevo postulado jurídico, abandonando el que ella junto a la integración anterior de la CSJN había contribuido a crear.

 

Cabe preguntar, si acaso se levantó un día, y sin más, cambió de parecer. No suena verosímil. Más bien, una interpretación más coherente de estas conductas se completa tomando en cuenta las campañas y lobbies ejercidos por un sector social, en pos de revertir el estado de juicios por delitos de lesa humanidad. De pronto, tras la polémica por la dirección tomada en el fallo, cobra relevancia un editorial, también polémico, publicado por La Nación al día siguiente de ganar el ballotage la nueva fuerza política. Titulado “No más venganza”, preanuncia que “La elección de un nuevo gobierno es momento propicio para terminar con las mentiras sobre los años 70 y las actuales violaciones de los derechos humanos”. El condicionamiento que se pretende poner al nuevo gobierno, o el presunto clima nuevo de época a instalar, vendría a contraponerse al de “Aquella izquierda verbosa, de verdadera configuración fascista antes y ahora, [que] se apoderó desde comienzos del gobierno de los Kirchner del aparato propagandístico oficia.”.

Dejando de lado el aspecto discursivo y retórico, una cuestión puntual debía ingresar en la agenda en la refundación del país que protagonizaría el nuevo gobierno: “Hay dos cuestiones urgentes por resolver. Una es el vergonzoso padecimiento de condenados, procesados e incluso de sospechosos de la comisión de delitos cometidos durante los años de la represión subversiva y que se hallan en cárceles a pesar de su ancianidad. Son a estas alturas más de trescientos los detenidos por algunas de aquellas razones que han muerto en prisión, y esto constituye una verdadera vergüenza nacional”.

La militancia (que ciertamente no empezó ese 23 de noviembre de 2015) de aquel medio de comunicación, finalmente, casi un año y medio después, rindió frutos, obteniendo del máximo tribunal judicial un pronunciamiento que, si bien no atiende en la forma a las condiciones de detención reclamadas, satisface con creces al fondo, en orden a relajar los términos de la condena del sector para ellos perjudicado.

Sería simplista (además de falaz, según la lógica formal) otorgar a un simple editorial matutino un carácter causal tan determinante. Seguramente las presiones del diario La Nación y la opinión de sus lectores no sean lo único influyente en la mente de Highton de Nolasco. Pero llámese o no coincidencia, el fallo Muiña vino a brindar la respuesta solicitada por el sector ideológico/económico representado por el diario. Se evidencia aquél editorial no como un simple editorial, sino como el punto #1 de la agenda del nuevo gobierno, uno de enorme importancia simbólica. Quizás por eso en un ejercicio de “ulpianismo”, se reinventó concordantemente la Justicia para darle a cada uno “lo suyo”. No preocupa tanto la afinidad ideológica de un grupo, pues cada uno es libre de tenerla, y los jueces se reputan imparciales, pero sí es grave la especulación de los operadores según los vaivenes políticos y el equilibrio de poderes de turno, para publicar fallos convenientes. Este caso por cierto no es el primero.

Todo lo dicho no invalida la posibilidad de una legítima discusión teórico-jurídica y hasta ética sobre el contenido del fallo. Incluso desde la inocencia de las proposiciones axiológicas es dable advertir un conflicto entre principios judiciales, el de la ley más benigna con los de irretroactividad, juzgamiento de crímenes de lesa humanidad, entre otros. Pero mientras los ángeles se envuelven en una discusión bizantina, los lobos acechan.

Cattaneo, Marcos para “El Retorno de los Sofistas”.

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