Un limitante estructural

Hoy queremos referirnos a una de esas frases que todos alguna vez hemos escuchado. Es una frase que, podíamos decir, presenta dos versiones alternativas, pero con un idéntico mensaje detrás: “La historia de este país es cíclica” o “cada diez años la Argentina atraviesa una crisis económica”.

A algunos lectores tal vez la memoria de situaciones vividas pueda conducirlos a afirmar la certeza de expresiones como las mencionadas.

Pero queremos invitarlos a pensar, conjuntamente con nosotros, desde una óptica distinta. En tal sentido, les proponemos pensar, por un instante, que ni la historia es cíclica ni que nuestro país atraviese, por obra y gracia de los Dioses del Olimpo, una crisis económica cada diez años indefectiblemente.

Desde estas líneas queremos dejar sentado, antes de continuar, que no creemos en el carácter cíclico de la historia. Ni de la nuestra como país, ni de la de ningún otro país del mundo. Entendemos que es un argumento tendiente a intentar convencernos de que no podemos hacer nada, de que nada se encuentra a nuestro alcance para cambiar determinadas situaciones/resultados. Como dijera Albert Einstein “…no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo”.

¿En este caso que sería hacer lo mismo? Resignarnos a aceptar que la historia es cíclica, que las crisis se suceden cada diez años, y que no existe medio a nuestro alcance que pueda evitar que ese “ciclo” se cumpla. Aceptar el inexorable destino de que, tarde o temprano, esa crisis acontecerá y no existe nada que podamos hacer para evitarla, no nos convierte en “victimas” de ese supuesto “ciclo” sino en participes.

Sentado esta digresión, continuemos.

Queremos proponerles el siguiente juego: supongamos que dichas crisis se producen por escases de soluciones a problemáticas de fondo que evitan el desarrollo de nuestro país.

A lo largo de nuestra historia se han enfrentado dos modelos de país totalmente disimiles. Esos modelos estuvieron representados por diversas facciones: unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, liberales y desarrollistas y, más cercano a nuestros días, kirchneristas y antikirchneristas.

Más allá de las simpatías que cada una de estas antinomias puedan despertar en el lector, pongamos el acento en los modelos que ellas representan. Resumidamente, podemos decir que, por un lado, tenemos un modelo de país con eje en la exportación agropecuaria, salarios como variable de ajuste y a la baja, escaso interés en la actividad industrial, valorización financiera, fuga de divisas y altos niveles de endeudamiento para financiar esa misma valorización y fuga.

Por el otro, un modelo basado en el consumo y la producción, con el aporte del sector agropecuario pensado como fuente de ingresos de divisas que financien el reconocimiento de nuevos derechos, la distribución del ingreso hacia los sectores populares y la industrialización del país en sus distintas variantes.

Pero ambos se enfrentan con un límite, hasta ahora, infranqueable. La denominada restricción externa: es decir, la salida de una mayor cantidad de divisas (dólares) que su entrada. Uno porque parece no querer ponerle termino; el otro porque parece no saber cómo afrontar esa limitación modélica.

En tal sentido, citemos a Alfredo Zaiat (17/05/2018- Pagina 12) quien nos enseña que “La restricción externa, o sea la escasez relativa de divisas, es el factor más relevante para entender la inestabilidad económica argentina hoy y desde hace ocho décadas. No hay suficientes dólares para satisfacer la constante e importante demanda de diferentes actores económicos… Para que se entienda, la debilidad de la economía argentina no son los pesos, moneda que emite, sino los dólares, que no genera ni tiene suficientes…”.

El primero de los modelos de país al que hacemos referencia parece no interesarse en resolver este cuello de botella de la economía local. El lector nos dirá ¿por qué afirmamos esto? Podemos responder a ese interrogante señalando que ello se debe a que los defensores de ese modelo son los principales beneficiarios de las causas que conducen a esa misma restricción. Quienes exportan, y por ende se hacen de dólares, o quienes gestionan servicios públicos dolarizados son los mismos actores que valorizan sus ganancias en activos financieros y, posteriormente, fugan al exterior esas ganancias en dólares. El desfasaje que ese comportamiento genera en la economía local es financiado mediante la colocación de deuda externa hasta el momento en que la economía argentina pierde la capacidad de repago. Ahí tiene lugar la crisis tras dos, cinco o diez años de aplicación de esta política. Es indistinto.

Es decir, el mecanismo de este sector económico-político puede resumir en las siguientes etapas: obtención de divisas, valorización, fuga y financiamiento de ese proceso mediante endeudamiento externo del país.

Llegada esta situación, si bien se les corta el grifo y deberán aguardar algunos años hasta encontrarse en condiciones de volver a practicar dicho mecanismo de acumulación de ganancias, durante la puesta en práctica de ese proceso pudieron obtener los dividendos que le posibilitaran “sobrevivir” durante esa espera.

El otro modelo al que aludimos parece no encontrar las herramientas para superar esa limitación. Pone el acento, por un lado, en un auge en el consumo de grandes sectores de la población lo cual implica la demanda, con el correr del tiempo, de productos externos y/o viajes a otros destinos del mundo y, al mismo tiempo, en el desarrollo de pequeñas y medianas empresas y una posterior entrada de importaciones necesarias para asumir la posterior etapa de desarrollo (que requiere necesariamente la entrada de equipos y conocimientos de los que la industria local carece), circunstancias que generan un desfasaje en la cuenta corriente que termina en esa misma restricción externa: salen más dólares de los que la economía argentina, por lo menos en el nivel que alcanza luego de incentivar el consumo y el desarrollo de la industria liviana, está en condiciones de afrontar. En consecuencia, se resiente ese mismo consumo que funciona como motor del desarrollo de este modelo.

Ante ambas incapacidades, una deseada otra de ideario, citemos una explicación del economista Claudio Scaleta “…si lo que se busca es la continuidad del crecimiento sin afectar la estructura de distribución del ingreso existen solo dos maneras de atacar el problema de la restricción externa: aumentar las cantidades exportadas y/o sustituir las importadas, lo que significa transformar la estructura productiva, es decir, desarrollarse o endeudarse transitoriamente y atraer capitales”.

Resulta necesario que las fuerzas políticas nos propongan la adopción de soluciones a esta problemática estructural, no solo mediante paliativos transitorios, sino con proyección de futuro estable. Modificar la estructura productiva del país, teniendo en vista la superación de esa restricción externa, requerirá afectar intereses de sectores que se han visto beneficiados a lo largo de los años con ese limitante estructural del desarrollo local.

Y esa modificación estructural requerirá la aplicación de un instrumento tan bastardeado en los últimos tiempos: la política como gestora de los intereses colectivos de una sociedad.

Como sociedad debemos elegir entre estos modelos, más allá de los nombres, teniendo presente que uno excluye mientras que el otro incluye. Qué clase de sociedad queremos ser también se decide en las urnas.

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