Parece que, al final, no se puede

A las crisis o problemas hay que darles respuesta. A una problemática política una respuesta política. A una crisis económica una respuesta, también, política.

Los argentinos nos encontramos atravesando “turbulencias” o “tormentas”. El lector/a optara por el evento que le resulte más agradable. Ambos términos son meros eufemismos para evitar emplear la palabra clave en este contexto: crisis.

Corrieron, corren y correrán ríos de tinta a los fines de determinar (o mejor dicho incidir sobre la opinión de cada uno de sus lectores/escuchas/televidentes) si la actual coyuntura obedece a una herencia recibida o a una mala gestión del actual oficialismo. No entraremos en esa discusión, por el momento.

Lo relevante en estos contextos es encontrar respuestas. Necesarias para aquellos compatriotas que la están pasando mal y que no encuentran una salida a su situación porque aquellos que deberían brindárselas no están a la altura de las circunstancias.

¿Es posible esperar respuestas del actual oficialismo? Creemos que no. Al comienzo de esta columna señalamos que una crisis económica requiere para su resolución soluciones políticas.
¿Parece contradictorio? No lo es.

Es la política la que solo puede brindarnos la solución. ¿Por qué? Porque la política es el arte de gestionar intereses colectivos y establecer quiénes son los sujetos del cuerpo social que deberán contribuir para llevar adelante determinadas soluciones. ¿En qué sentido lo hace? Es en base a la política que se opta por la distribución de los sacrificios y de los beneficios de las medidas adoptadas. La política implica la afectación de intereses. Ninguna política puede ser neutra ya sea que se la quiera encontrar en el supuesto consenso o nos ubiquemos en posturas antagónicas. Buscar la neutralidad de la política es pretender desnaturalizarla, dejar las cosas en el mismo estado en que se encuentran.

Es la herramienta, olvidada y bastardeada en los últimos tiempos, que permite gestionar conflictos. Conflictos necesarios para la adopción de medidas económicas, que solo constituyen un medio para alcanzar esa solución política, que implica gestionar los intereses de aquellos sectores que deben contribuir en mayor medida para paliar las consecuencias que padecen quienes menos tienen.

Esperar o reclamar soluciones políticas de una alianza gobernante que hace un culto de la antipolítica es, cuanto menos, iluso. No se puede esperar soluciones de quienes creen que la herramienta política no solo es anticuada sino también innecesaria para gestionar los intereses de la sociedad que gobiernan. Y menos aun cuando uno de los meritos que ponen de manifiesto ante la sociedad, y que encuentra beneplácito en algunos de esos sectores sociales, es ese carácter antipolítico.

Pero también tengamos en claro, estimado lector/a, que esa aura de antipolitica no es tal. Evitar el conflicto que genera la gestión de intereses de las mayorías es tomar un claro posicionamiento político. Decidir neutralizar la política es gestionar sin cambiar el estado de situación.

Pero la oposición, en alguna de sus variantes, ¿está en condiciones de brindar una solución a estas problemáticas? Pareciera que no. No se escuchan propuestas alternativas a lo actual ni superadoras de modelos que ya mostraron sus limitaciones intrínsecas. Solo se observan ideas sobre cómo distribuir los puestos en las listas, ya sea a dedo o mediante PASO. Se invoca una anhelada unidad entre sujetos que vienen mostrando comportamientos políticos basados en modelos, cuanto menos, disimiles en sus bases fundantes. Demasiado poco para quienes pretende conducir la salida a esta problemática.

¿Cómo superar esta crisis? La pregunta deberán hacérsela aquellos que reclaman soluciones, que solo puede brindar la política, a un gobierno que representa la más pura antipolítica, así como también aquellos que con su voto auspician el ejercicio de la apolítica.

El problema no es que el gobierno carezca de las capacidades políticas para resolver los problemas sino que los argentinos hagamos un culto de la antipolítica para después esperar soluciones “mágicas” que solo podría darnos esa misma política que bastardeamos.

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