Nuestro amigo neoliberal

Dicen que el neoliberalismo mata. Quien no ha leído o escuchado alguna vez esa frase.

Todos sabemos las consecuencias de las políticas económicas implementadas bajo esta ideología. Algunos por haberlas padecido en carne propia o en personas cercanas. Otros, simplemente, por haberlas visto. Solamente aquellos que no quieren ver pueden permanecer ciegos antes los estragos que las mismas han producido.

Pero hay otro aspecto más relevante de esta ideología que, paradójicamente, había postulado la muerte de las restantes y de la historia. Es su aspecto socio-cultural. Un aspecto al que no prestamos mucha atención pero sin el cual el modelo económico que la acompaña seria impracticable.

El neoliberalismo necesita, como los dioses del Olimpo la ambrosia, la adopción del más pleno y puro individualismo y egoísmo. Sin estos elementos su penetración en la sociedad sería impensable. Necesita romper con la solidaridad y los lazos sociales existentes, o que deberían existir, en una sociedad.

Necesita hacer creer a los sujetos en sus meritos propios, los tengan o no, sea capaz su entorno de proporcionárselos o no. En generar fervientemente la creencia de que lo logrado es pura y exclusiva responsabilidad personal, donde los restantes miembros de la sociedad no tienen incidencia alguna. Qué es sino la exaltación del “emprendedor”: un sujeto que, en la más pura teoría, logra sus objetivos sin contexto económico y/o social, en la pura abstracción, en la antipolítica en toda su expresión. En el mayor egoísmo.

El sujeto indispensable para que el neoliberalismo funcione es un sujeto egoísta. Necesita construirlo para competir, sin importar los medios ni los caminos. Necesita hacerlo inmune a las consecuencias de esa competencia, ya sea víctima o victimario. Pero en esa competencia no quedan los más aptos, sino aquellos que se encuentran en mejores condiciones de arranque. Piso que no está dado por las capacidades individuales, en la mayoría de los casos, sino por meras condiciones económicas obtenidas quien sabe bien de qué manera.

El neoliberalismo ha genera un sujeto abúlico. Requiere que ese sujeto descrea del accionar colectivo, de la solidaridad con los demás sujetos que lo rodean. Necesita que mire su propio ombligo sin levantar nunca la vista porque al no levantarla es incapaz de sentir empatía alguna con los demás. Requiere del descreimiento de la política. De un profundo descreimiento en ese accionar colectivo y pensar en conjunto que significa la política.

Ese sujeto social neoliberal piensa que las cosas las logra por su propio y exclusivo merito. Algo muy propio de nosotros: cuando nos va bien somos unos “genios” y no queremos que el Estado nos estorbe, pero apenas cambia “la suerte” miramos a ese mismo Estado pidiendo su ayuda. No obstante, durante ese proceso de ascenso y caída ese mismo sujeto contribuyó a la desmantelarían de ese Estado al que hoy recurre.

Ese sujeto es indiferente ante otro que se queda sin laburo. Piensa que a él no le va a tocar porque es un laburante “con todas las de la ley”, que aquellos que se ven privados de su sustento es por qué son unos vagos que no hacen nada o directamente se ausentan injustificadamente. Pero un día, de repente, se da cuenta que las cesantías afectan a otros sujetos que son, casi, como él. Que la guadaña empieza a alcanzar a todos por igual, sin distinciones. Entonces se preocupa. Pero no tiene quien lo ampare, a quien recurrir, porque con sus actitudes previas debilitó al Estado y privó de fuerza combativa a los sindicatos o a sus propios compañeros, si acaso el lector no es afecto a la sindicalización.

Ese mismo espécimen neoliberal mira con abulia a aquellos que empiezan a vivir en situación de calle. Se pregunta cómo alguien puede escoger vivir en esa situación, como no tiene quien lo ayude, aunque no admite que esa ayuda sea brindada por ese estado que está en proceso de desmantelamiento. Hasta que un día es él quien pierde su trabajo. Y esa situación de calle empieza a aparecer en su radar.

Un sujeto que se queja de aquellos que reclaman por sus derechos. Se interroga como alguien puede osar cortar una calle y molestar al resto de los “buenos” ciudadanos. Cuestiona que existan personas que puedan vivir de la ayuda estatal y no lograr las cosas por sus propios esfuerzos. Hasta que un día se encuentra en la necesidad de reclamar por algún derecho que otros, mas emprendedores y meritorios que él, le quitaron. Entonces, muchas veces, sucede que se encuentra sin compañeros de lucha, sujetos igualitos a él, con su misma abulia y empatía para con los demás.
Apostamos desde estas líneas que aquellos que las transitan irán pensando en ejemplos cercanos de este sujeto neoliberal. Amigos, compañeros de trabajo o de cualquier otra actividad. Están ahí, al alcance de la mano.

Quizás contextos económico-sociales como los actuales ayuden a esos sujetos a comenzar a darse cuenta de que, aun siendo el mejor exponente de lo que venimos detallando, no alcanza ni es suficiente para evitar padecer las consecuencias del individualismo vendido bajo la apariencia de virtud.

Deseamos fervientemente que sea así. De lo contrario, estamos en un verdadero problema.

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