La próxima IFIGENIA

En las últimas semanas hemos leído y escuchado la existencia de distintos eventos climáticos que vienen azotan a la economía argentina y que generan, obviamente, consecuencias sociales. Incluso nos hemos referido a ellos en alguna columna anterior.

La reiteración de la justificación de estos eventos nos hizo recordar una Tragedia Griega (no la actual que atraviesa el país heleno como consecuencia de las políticas del FMI) atribuida a Eurípides: “Ifigenia en Aúlide”.

Desde estas humildes líneas trataremos de trazar un paralelo entre esa tragedia y la actualidad de la vida cotidiana de los argentinos.

Para ello, comencemos con un brevísimo resumen del texto que inspira estas líneas. Aclaramos que nos daremos ciertas licencias, llamémoslas, poéticas.

El ejército griego que se dirigía a Troya provenía de distintos territorios por lo cual fijaron un punto de reunión de las tropas en una ciudad cercana a la costa que miraba hacia Asia. Al llegar a esa ciudad los distintos contingentes griegos un evento climático los retuvo durante un tiempo prolongado impidiéndoles emprender la navegación. Recordemos que en aquella época la navegación se hacía en base a los vientos y, en menor medida, a fuerza de remo. Agreguemos que al momento de la expedición que daría inicio a la afamada “Guerra de Troya” eran los mismos combatientes quienes debían empuñar los remos ya que recién siglos más adelante la técnica marítima permitiría el desarrollo de embarcaciones que posibilitaran separar ambas funciones.

Cada uno de esos contingentes griegos contaba con su propio jefe, aunque había elegido a un jefe común para la totalidad de las fuerzas expedicionarias: Agamenón, rey de Micenas. Como era habitual, ante las demoras e inconvenientes que los eventos climáticos les estaban ocasionando, recurrieron al consejo de los adivinos quienes, en base a distintos sacrificios, intentaban interpretar el designo de los dioses. Cuando los adivinos desempeñaron sus tareas expresaron que para poner fin al evento climático que les impedía emprender la navegación era necesario realizar un sacrificio a los dioses. Dicho sacrificio consistía en entregar a esos dioses a la hija del jefe común de la expedición, Ifigenia.

La magnífica tragedia que nos ha legado Eurípides nos muestra las idas y vueltas de cada uno de los protagonistas y su comportamiento ante la situación planteada. Adelantemos el final: Agamenón, en su calidad de responsable principal de la expedición, resuelve sacrificar a Ifigenia a los dioses a los fines de posibilitar el inicio de la expedición.  Luego del sacrificio cesaron los factores climáticos que imposibilitaban la navegación de las fuerzas griegas y estas comenzaron su periplo que, luego de años, concluiría con la destrucción de Troya.

El lector se preguntara se preguntara que tiene que ver esta tragedia griega con aquello que habitualmente escribimos en estas líneas.

Bueno, les revelaremos el interrogante. Si es que alguno lo tuvo.

En el transcurso de este año hemos escuchado distintas justificaciones basadas en factores climáticos para explicarnos el por qué de situaciones que vienen afectando a los argentinos y su economía. Tormentas de distinta intensidad y duración parece que vienen asolando las costas de nuestro país y arrasando la situación económica y social de los argentinos.

Este presente tormentoso que nos azota nos llevo a recordar la existencia de esta tragedia que hemos traído a colación. Y, al mismo tiempo, nos llevo a dispararnos una serie de interrogantes.

¿Estamos en manos de un “jefe común” adecuado para paliar estos eventos climatológicos y emprender el rumbo hacia el tan afamado porvenir de los argentinos? ¿Quién representa el rol de adivino interprete de los dioses dentro de los mandos económico-políticos de la actualidad?? ¿Quién ocupara el rol de Ifigenia?

Creemos que no hay quien pueda asumir ese rol de “jefe común” en esta situación. La cuestión no depende de ese jefe sino que, podríamos decir, el problema es el modelo implementado. Los inconvenientes climáticos que nos vienen afectando en los últimos meses no son producto del azar sino consecuencia directa de las políticas implementadas. Por más bueno que resulte quien tome el timón, no parece posible confiar en que encause el rumbo de la embarcación cuando pretende atravesar el mismo clima que viene afectando ese rumbo sin tomar ninguna medida que implique un volantazo.

Por otro lado, hoy en día pareciera que el papel del adivino destinado a leer el porvenir que nos deparan los dioses está representado claramente por un sujeto: Cristine Lagarde. Ella es quien se encuentra envestida de los poderes necesarios para auscultar el futuro de los argentinos y determinar qué es lo que debemos hacer para que dicho futuro resulte venturoso.

Es esta funcionaria transnacional quien parece llamada a determinar que sacrificio deberá llevarse a cabo para poner proa hacia ese futuro que le han develado los “dioses financieros”. Será ella la encargada de informarle a nuestro “Agamenón” el nombre del protagonista del sacrificio.

Esta vez el sujeto sacrificado no será griego. Tampoco será un sujeto lejano o del pasado.

El sujeto a sacrificar será parte de la sociedad argentina. De esa sociedad de la que el lector forma parte. No seamos ingenuos. Para poner rumbo hacia ese futuro venturoso que el actual adivino nos quiere hacer ver es indispensable que un sector de la sociedad argentina, o varios, sean inmolados en el altar de la valorización financiera. Sin ese sacrificio, nos aseguraran, es improbable que los argentinos podamos poner proa hacia la conquista del futuro que la historia parece tenernos reservados.

Dicho futuro dista, seamos claros, de incluirnos a todos.

¿Los sujetos bendecidos con el honor de ser sacrificados en ese altar serán los jubilados, los beneficiarios de programas sociales, los trabajadores, las PYMES, los maestros, los científicos, etc.? Elija usted la victima propicia.

Debemos preguntarnos si seremos indiferentes ante el sacrificio de los otros mientras no nos toque a nosotros ni nos pase cerca. Si estamos dispuestos a permanecer observando en silencio el sacrificio de otros. Vimos que algo así tuvo lugar en años no muy lejanos. Todavía pagamos sus consecuencias.

Más allá de sus consecuencias económicas, el mayor triunfo del neoliberalismo es haber desterrado la conciencia colectiva necesaria para que una sociedad funcione como tal. Su mayor victoria es haber impuesto el sentimiento del individualismo allí donde debería imperar el sentido colectivo. Su consecuencia es hacernos pensar “mientras a mi no me toque, que el sacrificado sea cualquiera, me da igual”. ¿Quién no conoce a alguien que expresa ideas de esta índole?

Pero tengamos en cuenta que cuando se agoten los sujetos “fácilmente” inmolables en el altar del sacrificio, la elección del próximo “beneficiario” pasa a ser una cuestión de azar: puede tocarle incluso a aquellos que se sentían intocables.

Y ante la destrucción de ese sentido colectivo, ya no hay quien nos ayude a defendernos.

Dependerá de nosotros mismos evitar que se escoja entre los argentinos a una nueva Ifigenia.

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