La mirada

Un día quien escribe estas líneas venia caminando junto a un amigo. Lo note taciturno, como metido en su interior. Ante mi pregunta acerca de que le estaba pasando, me contó lo siguiente.

Me dijo que hacía unos días iba caminando pensando absorto en sus problemas. Lo que había vivido y sentido en los últimos años. Todo aquello que había aprendido. El fracaso por el que había atravesado en razón de los sueños que había puesto en juego. Pensando en cómo encarar su futuro. Inmerso en el vacío que la ausencia de esos sueños le provocaba.

Enmarañado en esos pensamientos, un domingo a la noche mientras iba hacia la casa de sus viejos a cenar se topó con una imagen que lo dejaría marcado.

Frente al palier de un edificio cualquiera de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se encontraba parado un nene mirando hacia la calle. Tenía en sus manos el changuito de su madre, la cual dándole la espalda a él y a la calle, charlaba animadamente con una amiga, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor.

Frente a ese nene parado en el palier, casi sobre el cordón de la vereda se encontraba inclinado otro niño, aproximadamente de la misma edad, sobre una caja de cartón hurgando en su interior. La madre de este último niño hacía lo mismo en esos tachos de basura instalados por el gobierno de la ciudad.

Cuando mi amigo estaba a punto de cruzarse, en su paso, por entre medio de ambos nenes pudo advertir que se miraban fijamente. Los ojos de uno parecían preguntarle a un interlocutor imaginario qué hacia ese nene revolviendo dentro de esa caja en lugar de estar jugando, mientras que la mirada apagada del otro parecía preguntarse por qué motivo no podía simplemente estar parado ahí sosteniendo el changuito de su madre. Parecía como que ninguno podía entender por qué el otro se encontraba en el lugar donde se encontraba ni por qué no se encontraban ambos en el mismo lugar.

Esa imagen le recordó a mi amigo épocas de antaño. Épocas que había creído enterradas en la Argentina. Una contraposición cruda entre niños de la misma edad, pero con un futuro abismalmente diferente.

Esa mirada entrecruzada como preguntándose por qué si son iguales eran tan distintos. Si eran simplemente dos nenes. Con las mismas ganas de jugar. De soñar un futuro. Con las mismas ganas de comer lo que más les gusta.

Mi amigo se preguntó si ambos se interrogarían acerca de por qué sucedía lo que estaban viendo. Que pasaría por sus cabecitas. Si esta era la “igualdad de oportunidades” de la que, en los últimos tiempos, tanto escuchaba hablar.

No sé si al lector le ha pasado alguna vez, pero a quien escribe estos párrafos en ciertas ocasiones el choque con distintas situaciones lo ha llevado a preguntarse si esos problemas que tanto le preocupaban eran realmente problemas ante la triste magnitud de situaciones como la descripta.

Mi amigo nunca había hecho nada por los otros. Por esos otros que muchos no tienen ni siquiera en su radar. Cuantas veces nos hemos cruzado con situaciones similares que no logramos percibir por el hecho de vivir ensimismados en nuestros problemas.

Quizás muchos de aquellos que se atraviesen con situaciones similares harán un culto a la indiferencia o enrostraran la responsabilidad a la política. Es posible que muchos no la entendamos o la consideremos con distintas objetivaciones.

No obstante esas consideraciones, válidas o no, que tenga el lector queremos hacer una pequeña reflexión junto con ustedes. Más allá de los nombres personales y las cuestiones electorales, la política también implica llevar a la práctica un pensamiento colectivo. Pensamiento que necesariamente debe incluir a los otros, sus situaciones presentes y futuras, que implica involucrarse en la modificación de situaciones como las descriptas, con el fin de que nuestros compatriotas estén en mejores condiciones.

Desde hace un tiempo distintos proyectos políticos, paradójicamente, han llevado a cabo mensajes reivindicatorios de la antipolítica encontrando eco en amplios sectores de la sociedad.

Pararse en el sector de la antipolítica implica hacerlo en la vereda del individualismo en contraposición con la colectividad que implica la política. Ese individualismo, tan caro a las tendencias neoliberales que impregnan la atmosfera local desde hace mas de 40 años, genera como consecuencia tornarse egoísta e indiferente frente a la situación que afecta a los demás, mientras las esquirlas no me alcancen. Ese individualismo es la más fuerte incompatibilidad con la solidaridad implícita en el accionar colectivo derivado de la actividad política.

Querido lector, en ciertas ocasiones tornarnos indiferentes a la política, oponernos a su acción colectiva y solidaria, es la mejor manera de que esas esquirlas que buscamos imperiosamente evitar con ese “aislacionismo individualista” nos alcancen bajo la línea de flotación. Y cuando llega ese momento no hay manera de detener el hundimiento de nuestras condiciones de vida, salvo que, como una ironía de la vida, la política, otra política diferente, venga en nuestra ayuda.

Porque la política es una de las pocas herramientas, por no decir la única, capaz de cambiar la realidad de nuestra vida y de la de nuestros compatriotas, para mejor o peor. Dejarla librada exclusivamente a ciertos actores es quedar a merced de otros y su ideología, aunque digan no tenerla.

Mi amigo al atravesarse entre esa mirada que ambos niños se dirigían sintió la necesidad de hacer algo, de no permitir que una nueva generación quedará en el camino. Como ya había sucedido con amigos nuestros cuando teníamos una edad similar.

A veces es mejor dejar de mirarse el ombligo y pensar en uno mismo, posición que abunda en la sociedad argentina, para comenzar a mirar un poco a los demás y hacer algo por ellos.

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