#RetornandoSucesos

01 de enero de 1876

La sublevación de Catriel, Namuncurá, Baigorrita y Pincén

Por María Cecilia Demartín

ma.ceciliademartin@gmail.com

 

Al estudiar el período de la expansión de la frontera y la mal llamada “conquista del desierto”, la historiografía tradicional reivindica el accionar del ejército nacional frente al “indio salvaje”, obstáculo al crecimiento del estado argentino; otras perspectivas caracterizan a los grupos indígenas como “pobres indios”, víctimas estáticas, incapaces y débiles que finalmente fueron derrotados. Visiones historiográficas más actuales, devuelven a estos grupos indígenas su capacidad de acción histórica y dinamismo a través de la reivindicación de las resistencias armadas o diplomáticas. El 01 de enero de 1876, será el año de la última gran sublevación de las tribus que se hallaban reducidas en la frontera sur de Buenos Aires, nombrado por la historiografía como “El gran Malón”, que encuentra sus inicios en 1875.

 

Los grupos indígenas no fueron meros receptores de las políticas de dominación del Estado, sino actores dinámicos en la negociación o en la guerra. Luego del período independentista, los nuevos estados provinciales buscaron la colaboración de los grupos del otro lado de la frontera, y estas tribus a veces colaboraron con los nuevos estados y otras se enfrentaron a ellos. Los distintos gobiernos criollos emplearon la política de indios amigos, término que se aplicó a todo aquel grupo que a través de su cacique estuviera incorporado a los tratados de paz, pero también como sinónimo de los grupos subordinados a la administración militar de las fronteras, equiparándolos a los mansos o sometidos. Sin embargo, estos grupos no concibieron la subordinación, sino que fluctuaron entre la negociación y la confrontación, de acuerdo con diferentes circunstancias.

 

El nuevo estado necesitaba negociar en las fronteras con estas agrupaciones dada su incapacidad institucional de imponer allí su presencia. En este contexto, se debió recurrir a otros factores distintos de la coerción y apelar a la construcción de un poder consensual para lograr el apoyo de las parcialidades indígenas. Se intentó cooptar a los principales líderes de las tribus amigas y de mantener lazos duraderos de lealtad y confianza. Por ello encontramos, entre otras características, la incorporación de lanceros en el servicio de frontera.

Esto formó parte del proceso de militarización mediante el cual se buscó desde las autoridades criollas, homogeneizar al indio con el soldado y así generar en los primeros la pérdida de sus costumbres, prácticas y arraigo a la tribu.

Sin embargo, a pesar de estos intentos de disciplinar y controlar a las parcialidades amigas mediante este proceso de militarización, el Estado y las autoridades de frontera encontraron distintos obstáculos. Estas condiciones llevaron a que las autoridades criollas debieran ensayar distintas estrategias de negociación cediendo en muchos casos a las peticiones de los caciques y capitanejos para evitar una posible sublevación.

Pero para 1870, las necesidades económicas del nuevo estado exigen la expansión inmediata de la frontera, las negociaciones entre ambos bandos se aceleran en algunos casos y en otros, se recrudecen. Y el nuevo Estado decide terminar con la llamada “cuestión indígena”.

 

Frente al recrudecimiento de estas políticas, el 01 de enero de 1876 se produce la sublevación de la tribu de Catriel (cacique Pampa). En su auxilio vinieron simultáneamente Namuncurá (ionko mapuche), los ranqueles de Baigorrita y de Pincén, y unos 2.000 indios “chilenos,” sumando unos 3.500 combatientes.

Se había consumado un acontecimiento inesperado: la sublevación en masa, la reunión de cinco Tribus.

Los indígenas penetraron sorpresivamente en un amplio frente, arrasando las poblaciones de Tandil, Azul, Tapalqué, Tres Arroyos y Alvear. Durante tres meses se libraron cinco batallas principales, la más importante la de Paragüil, hasta que los indígenas se retiran.

El Estado invasor contaba con la tecnología de los fusiles Remington y del telégrafo. El ministro Adolfo Alsina dirigió la defensa y respondió al ataque, logrando hacer avanzar la frontera argentina. Para proteger los territorios conquistados y para evitar el transporte del ganado tomado , construyó la llamada Zanja de Alsina. La Zanja de Alsina fue considerada unilateralmente por Argentina como nueva frontera con los territorios indígenas aún sin conquistar.

Estos olvidados episodios que muestran la magnitud de la organización, capacidad estratégica y logística indígena frente al Estado invasor, tendrán el conocido desenlace: luego de la campaña de Roca, se incorporaron al territorio argentino alrededor de 15 mil leguas (que incluye la mayor parte de la provincia de Buenos Aires, La Pampa, toda la Patagonia y las zonas de Córdoba, Santa Fe y Mendoza fuera de sus capitales) y la invisibilización de la resistencia y de la lucha indígena de la historia argentina.

 

Para ampliar información:

– Mandrini, R. La Argentina aborigen, de los primeros pobladores a 1910. 1° edición. Buenos Aires: Siglo XXI Editores. Biblioteca Básica de Historia, 2008.

– Ratto, S. “Estado y cuestión indígena en las fronteras de Chaco y La Pampa (1862-1880)”. Revista de Ciencias Sociales. Segunda Época, año 3, N.º 20, Universidad Nacional de Quilmes, pp. 7-27, 2011

 

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